BLANCOS COMO YO


Una imagen en las noticias este fin de semana mostraba a tres hombre blancos sosteniendo escudos y banderas negras. Me di cuenta de que, aunque eran más jóvenes, se veían como yo. Sin sus trajes de bufón, alguien podría confundirlos con alguien como yo. Estoy seguro de que si los escuchara hablar, quizá lo harían con un acento similar al mío.

Pero yo tengo poco en común con esas personas. Quizá la complexión de nuestra piel sea clara, pero debajo de nuestra piel se halla algo diferente. Ellos vomitan odio; yo ni siquiera siento en silencio lo que ellos sienten por aquellos que son diferentes a mí. Ellos despliegan actitudes de bravuconería; yo prefiero sentarme con alguien y escucharlo. Ellos muestran todas las señales del miedo; yo, por mi parte, no entiendo qué es lo que tanto los amedrenta.

Aquellos tres hombres en Charlottesville, Va., se ven muy parecidos a mí, pero no son de los míos.

Adoré con mis hermanos el domingo. Escuché a un laico afroamericano desplegar los encantos de las Escrituras en una clase de estudio bíblico que consistía de blancos, negros e hispanos. Ese es el mundo al que pertenezco.

Ahora bien, esta historia tiene un giro interesante. De hecho, mi esposa y yo visitábamos esa clase por primera vez, así que ninguno de los dos conocía a persona alguna en esa clase antes de nuestra visita. A pesar de ser los nuevos, los seguidores de Cristo que llenaban ese salón nos dieron la bienvenida y nos hicieron sentir como en casa.

La familia, la tribu, la raza y otros grupos sociales son ciertamente importantes, pero los cristianos que fundan su sentido de identidad principalmente en esos grupos más pequeños en verdad se están perdiendo de algo muy profundo y que proviene de Dios: la conexión con otros, sin importar su raza, lengua, género o país de origen. La fe en Cristo abre esta flor humana para que todos la podamos disfrutar.

Porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:27-28, NVI).

Recuerde lo que dijo Jesús cuando le dijeron que su familia había venido a verlo: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lucas 8:21, NVI).

Los supremacistas blancos que saludabanal estilo de los nazis, que ondeaban la bandera confederada, que pertenecían al grupo de alternativa derechista yal KuKluxKlan yque protestaron en Charlottesville pueden parecerse a mí, pero no son los míos,

sencillamente porque se han negado a amar a su prójimo como Cristo nos lo mandó, y como Dios diseñó que viviéramos nuestras vidas.

Quería dejarlo en claro, y me parece que ya es tiempo de que otros cristianos de tez blanca proclamen estas diferencias de una manera más generalizada. Si usted piensa que la Biblia revela la verdad divina, entonces le hará bien recordar que los europeos no son el pueblo escogido de Dios, y que Dios no se encarnó en un europeo. Dios escogió a un grupo del Oriente Medio, los judíos, y vino a la tierra como un hombre de ese pueblo; es decir, como un hombre de piel oscura.

Nosotros los descendientes de europeos blancos debemos superar estos prejuicios. Debemos colocarnos firmemente del lado de Dios y contra la gente que se parecen a nosotros, pero que viven para diseminar un odio que no proviene de Cristo.

La Roca firme. Como Edward Mote escribió, y aún cantamos:

Oh Cristo, en esta Roca firme me anclo;

Todootrosueloes arena movediza,

Todootro suelo es arena movediza”.