EL MINISTERIO CONTRA EL TRÁFICO HUMANO, HECHO CON HUMILDAD, FLUYE DEL MANDATO DE JESÚ


Por Abby Hopkins

Siempre he querido ser una persona que tenga un impacto en el mundo. Aun hoy tengo esto en la cabeza constantemente, pues el lema de mi universidad es: “Lo que empieza aquí, cambia al mundo”.

Creo que Dios me ha dado este deseo por el cambio y la justicia en el mundo por una razón, y le doy gracias por la pasión que ha puesto en mi corazón. Últimamente, Dios ha puesto en mí el deseo de formar una plataforma de cambio en la que el centro sea Él y no yo.

En las vacaciones de primavera viajé a la ciudad de Nueva York con otros estudiantes de mi iglesia. Era un grupo grande, pero nos separaron en grupos con énfasis específicos por una semana. El enfoque de mi grupo era el tráfico humano, de modo que nos reunimos con tres organizaciones sin fines de lucro diferentes que luchan para acabar con el tráfico humano.

Una de las principales lecciones que Dios me enseñó a través de este viaje fue la necesidad de que los cristianos amen a las personas de tal manera que no sean explotadas. El blanco de los traficantes es la población vulnerable. Las personas que son ignoradas, no amadas y marginadas son comúnmente las más vulnerables. Por tanto, una de las mejores cosas que podemos hacer por la gente es amarla y servirla. Jesús enfatizó este punto en Marcos 9:35, cuando dijo: “Cualquiera de ustedes que quiera ser el primero debe convertirse en el último, en el siervo de todos”.

Jesús nos ha llamado a alimentar a los hambrientos, a darle hospitalidad a los extraños, a vestir al desnudo; de lo que no nos damos cuenta es de que, al hacer esto, estamos pelando contra el tráfico humano al mismo tiempo. Esto es lo más bello de los esfuerzos contra el tráfico humano, que coinciden con los mandamientos de Jesús sobre servir y amar a aquellos que son vulnerables. Pelear contra el tráfico humano mediante actos de amor es un acto de servicio, ya sea en favor de los desamparados, de las mujeres, de los niños pobres, de las minorías o de los extranjeros.

Así como Jesús se humilló por nosotros, así también podemos hacernos vulnerables a otros. Pero la mejor parte de esto es que podemos hacerlo con gozo y por medio del poder del Espíritu Santo. Dios no nos llama a hacer algo que Él mismo nunca ha hecho; por el contrario, somos capaces de seguir el ejemplo de Cristo.

Es parte de la naturaleza humana estar en una plataforma de notoriedad cuando servimos a los demás; pero por medio de este viaje y al ver la obra de aquellos que luchan en contra del tráfico humano, Dios me mostró que en ocasiones los papeles menos reconocidos son los más importantes. Al autohumillarnos, nos liberamos de la presión que tenemos encima y nos damos permiso de simplemente unirnos a Dios en la obra que Él está haciendo, mientras que al mismo tiempo le damos toda la gloria a Él.

Comencé el viaje deseosa de cambiar al mundo, pero lo concluí con un sentimiento de humildad a fin de enfocarme en amar a la gente vulnerable.

Abby Hopkins es interina de la Comisión de Vida Cristiana de los Bautistas de Texas, y estudiante de la Universidad de Texas en Austin.

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