George C. Marshall y la importance del dominio propio


Me pregunto cuántos estadounidenses hoy en día están familiarizados con el nombre y las hazañas de una de las personas más importantes del siglo XX: George C. Marshall.

Marshall fue el autor de una de las victorias militares más importantes de la historia –La Segunda Guerra Mundial—y después de la guerra dio forma a uno de los logros más importantes para la paz en la época de postguerra, lo que ahora se conoce como el Plan Marshall. En resumen, Marshall nos guió en la derrota de nuestros enemigos y después los convirtió en nuestros amigos. ¡Verdaderamente sorprendente!

David Brooks, columnista del New York Times, resalta a Marshall en uno de los capítulos de su libro The Road to Character (“El camino al dominio del carácter”, en español). El capítulo sobre Marshall se titula: “Self-Mastery” (“Dominio propio” en español). Marshall no empezó su vida con el pie derecho. Además de ser un estudiante mediocre, era “travieso y conflictivo”, escribe Brooks, pero después de oír a su hermano decirle a su madre que le preocupaba que el joven Marshall pudiera “deshonrar el nombre de la familia”, decidió tomar control de su vida y buscó dominar sus inclinaciones naturales. En el ejército antes de la guerra, la aptitud de Marshall resultó tan obvia que los oficiales a cargo se rehusaron a promoverlo por temor a perderlo. Cuando la Segunda Guerra Mundial comenzó, la aptitud se convirtió en algo muy importante. Marshall se convirtió en el Jefe del Estado Mayor para poder organizar los esfuerzos de la guerra.

Brooks escribe:

El momento por excelencia de Marshall llegó a la mitad de la Guerra. Los aliados estaban planeando la Operación Overlord, la invasión de Francia, pero no se había seleccionado un comandante general. Marshall anhelaba la tarea en secreto y era ampliamente aceptado como el más capacitado para hacerlo.

Esta sería una de las operaciones militares más ambiciosas jamás ideada, y cualquiera que la dirigiera estaría rindiendo un gran servicio a la causa y, como resultado de eso, pasaría a la historia. Los otros líderes de los aliados, Churchill y Stalin le dijeron a Marshall que el trabajo sería de él. Eisenhower dio por hecho que el trabajo sería de Marshall. Roosevelt sabía que si Marshall solicitaba el trabajo, tendría que dárselo; se lo había ganado y su estatura como líder estaba en lo más alto.

Pero Roosevelt confiaba en que Marshall estaría cerca en Washington, mientras que el comandante de la Operación Overlord se iría a Londres…

FDR llamó a Marshall a su oficina el 6 de diciembre de 1943. Roosevelt le dio vueltas a asuntos sin importancia por unos minutos, y después ofreció el puesto a Marshall. Si Marshall hubiera dicho que “sí” el trabajo hubiera sido de él, pero Marshall se rehusó a dejarse convencer. Marshall le dijo a Roosevelt que hiciera lo que él pensara que era lo mejor. Marshall insistió que sus sentimientos privados no debían intervenir en sus decisiones. Una y otra vez se rehusó a expresar sus preferencias, fueran estas de una u otra manera.

FDR lo miró y le dijo: “Bueno, no creo que podría dormir bien si no estuvieras en Washington”. Hubo un inmenso silencio. Roosevelt añadió: “Entonces será Eisenhower”.

Hoy en día esperamos que las personas que tienen gran capacidad busquen reconocimiento, al punto de casi demandarlo. Marshall no; se había comprometido a servir y se mantuvo firme al compromiso, aun cuando deseaba más.

Eisenhower regresó triunfante a disfrutar de desfiles y celebraciones, y la gente agradecida lo eligió como presidente. Eisenhower también fue un gran hombre, pero probablemente Marshall tuvo un mayor impacto en la historia y esto lo logró dominando sus propios deseos y pasiones tanto como Eisenhower, quien era proclive a arranques de ira, lo cual no concuerda con la imagen pública que tenemos de él hoy día.

Necesitamos más dominio propio hoy en día, pero como cristianos sabemos que el dominio propio se logra solo con la ayuda de Dios, al prestar atención a su guía por medio de las escrituras y al ceder al Espíritu Santo.

La cultura estadounidense ha ignorado casi por completo la enseñanza cristiana sobre la naturaleza pecadora de la raza humana. Fuimos creados a la imagen de Dios, pero todos nosotros padecemos de esta debilidad egoísta que nos hace daño a nosotros mismos y a los demás. Muchos padres inculcan este individualismo y nuestra cultura premia la auto-expresión, aunque esta sea vulgar y grosera.

Puede que sea difícil que hoy día nuestra cultura produzca un George Marshall, y si no hay George Marshalls en nuestros días, quién guiará cuando la raza humana trate de seguir la corriente del mal. Si no puede los Estados Unidos no puede producir personas de carácter, quizá algún otro país pueda –quizá Alemania o Japón o México o Brasil o Sudamérica o Israel. Y al pensar de esa manera, comenzamos a ver lo importante que han sido los Estados Unidos al mundo y qué importante es que volvamos a nutrir el carácter y al hacer esto de una manera que honre la verdad bíblica de que todos somos pecadores, no ángeles.