GRACIAS, MAESTROS, POR AYUDARNOS A ALCANZAR LOS PROPÓSITOS DE DIOS PARA NUESTRA VIDA


Sus apellidos están grabados en mi mente con el pegamento de los recuerdos: Moore, Smith, Emerson, Coffman y Sandoz. Dejaron más que sus apellidos en mi mente; fueron mis maestros.

Otro año escolar termina y es apropiado recordar a nuestros maestros. Invierten sus vidas en las de sus estudiantes, quienes reciben el regalo de la enseñanza y continúan presurosos con sus vidas. Los maestros dejan huellas profundas, lo sepan o no. Mis maestros lo hicieron –para bien y para mal.

La señora Moore, mi maestra del primer año de primaria me acusó de mentir. Yo no había mentido y no había evidencia que indicara lo contrario, pero por alguna razón ella pensó que lo había hecho, lo cual me pareció raro y equivocado a mis 6 años de edad. Había hecho algo tonto –escribir en mi cara con un lápiz – y otro niño hizo lo mismo. No recuerdo si yo lo imité a él o si él me imitó a mí, pero le dije a la señora Moore la verdad y ella no me creyó, como si hubiera sido importante quién lo había hecho primero y quién después. Mis padres siempre me habían creído porque yo les decía la verdad. La señora Moore me enseñó a una temprana edad que el mundo no siempre es justo.

La señora Smith, mi maestra de cuarto grado, me quería mucho. Todavía recuerdo que me abrazaba mientras me presumía ante mi mamá. Al principio le tenía miedo porque los estudiantes la llamaban “el tigre”. Se convirtió en mi ángel guardián. Me convertí en un verdadero estudiante en la clase de la señora Smith, y lo que es más importante, me sentía verdaderamente querido. Gracias a la señora Smith fui transferido a la “clase avanzada” en el quinto grado. Ella vio algo en mí que nadie más vio, incluido yo mismo.  

La señora Emerson, mi maestra de quinto año, me destruyó. Ella simplemente me quebrantó el espíritu. Siendo una mujer mayor y muy gruñona, parecía que no le importaban mucho ni la juventud ni la felicidad. Mi mamá finalmente tuvo una plática cara a cara con ella y las cosas mejoraron. La señora Emerson me hizo desear que me tragara la tierra, en lugar de vivir en ella.

La maestra Coffman, en el noveno grado, me dio una palmada en la espalda un día al final del año escolar. La señora Coffman era una maestra sensacional. Era la mentora de las porristas y todas ellas conformaban un grupo sensacional, y lo más importante es que me enseñó a escribir en inglés. Cuando me dio la palmada en la espalda me preguntó: “¿Considerarías escribir para el periódico de la escuela el próximo año?”. Literalmente me reí. El callado Ferrell se estaba burlando de su maestra. “No”. Me había tomado completamente por sorpresa, como si hubiera tocado un cable de alta tensión. Odiaba la clase de composición más que la de matemáticas, ciencias o cualquier otra cosa.

No me animé a escribir en el periódico de la escuela, pero dos años después, al estar aburrido de mi clase de finanzas en la universidad, me acordé de las palabras de la señora Coffman. Esa palmada en la espalda y su sugerencia cambiaron mi vida. Gran parte de mi vida adulta he sido cronista y he escrito toda mi vida. Cuando las personas me preguntan a qué me dedico, lo primero que respondo generalmente es “ministro”, pero en el fondo soy escritor. No importa qué tipo de trabajo haya tenido –periodista, pastor, ejecutivo de relaciones públicas o experto en ética— he sido mayormente un escritor. La señora Coffman hizo todo esto posible con una palmada en la espalda y una sugerencia.

Lo triste es que Nancy Coffman, maestra de la preparatoria Dallas Spruce, ni siquiera sabe cómo moldeó mi vida. No he podido encontrarla para agradecerle el haber despertado algo en mí que no sabía que existía.

A quien sí localicé fue a mi profesor de ciencias políticas en la universidad: el Dr. Ellis Sandoz, y le agradecí por el impacto que tuvo en mi vida. Él me introdujo a la gran herencia cultural de la filosofía política, y un domingo lo vi en la Primera Iglesia Bautista de Commerce, este hombre empapado de los filósofos –Platón, Aristóteles, Locke, Hume y otros—que venía a adorar a Jesús. El Dr. Sandoz me mostró que era importante no dejar mi cerebro en la escuela.

Las maestras Smith, Coffman y el Dr. Sandoz me dieron algo duradero y profundo, mientras que la señora Moore y la señora Emerson me enseñaron algo del mundo: que no siempre es justo ni bueno. Los jóvenes que vienen de buenos hogares deben aprender esas lecciones también.

Si el mundo fuera justo y bueno, les pagaríamos a los maestros de escuelas más que a los directores ejecutivos, los doctores, abogados o ministros. Los maestros hacen todas esas otras carreras posibles. Dado que resulta obvio que no les vamos a pagar justamente por el trabajo tan importante que hacen, será mejor que encontremos otras maneras de honrarlos.

Quizá no deberíamos llamarlos nunca por su primer nombre. Se merecen el honor de ser llamados señor, señora, señorita o doctor.

Quizá deberíamos reservarles un lugar especial en los estacionamientos de las iglesias y los centros comerciales.

Quizá deberíamos de mantenernos en contacto con ellos después de graduarnos y decirles cuánto nos han moldeado.

Quizá deberíamos pagarles mucho más aunque no podamos pagarles lo que se merecen.

Quizá deberíamos encontrar más y más maneras de honrar a estas personas claves, especialmente a aquellos que trabajan en escuelas públicas donde resulta particularmente  difícil hacerlo, y que continúan moldeando las vidas que moldearán nuestro futuro.

Maestros, pueden hacer una oración como la del escritor del libro de Deuteronomio:

Que caiga mi enseñanza como lluvia

y desciendan mis palabras como rocío,

como aguacero sobre el pasto nuevo,

Como lluvia abundante sobre plantas tiernas. (Deut. 32:2)

Y permitan que la vida que viven ante sus estudiantes exprese en obra, así como con palabras, que desean proclamar la verdad de Dios revelada en Cristo: que sus estudiantes sean amados y respetados en un mundo que a veces carece de amor y gracia.

Maestros: descansen durante el verano y después regresen a su lugar de servicio en el otoño. Sus alumnos los necesitan; nuestra nación los necesita; todos los necesitamos.