¿DÓNDE QUEDARON LOS PROFETAS VALIENTES?


Los pastores en mi denominación (bautista del sur de etnia anglosajona) tienden a ser más sacerdotes que profetas; se dedican más a cumplir tareas administrativas que a confrontar a las personas sobre sus pecados.

Cuando fui pastor tendíamos a predicar sobre pecados en los cuales existían un acuerdo tácito entre los miembros de nuestras congragaciones, pero ignorábamos los pecados principales de nuestros miembros, como la codicia, el orgullo, la lujuria y la glotonería, así como no ver por el hambriento, el herido, el encarcelado, los extranjeros y algunos más a los que Jesús se refería como los más “pequeños de estos”. No todos lo hacíamos, pero la muchos sí. No es fácil ser sacerdote y profeta, y esta no es la primera vez en la historia judeo-cristiana que surge este desafío.

Juan Calvino, en su comentario sobre Jeremías, dice que el gran profeta judío “era de la orden sacerdotal. Por lo tanto, el oficio profético le era más apto que a muchos otros profetas como Amós e Isaías.

Calvino observa que Dios escogió a otros profetas de la corte real y del mundo agricultura, y al hacerlo “no hay duda que intentó que reflexionaran sobre la pasividad y la pereza de los sacerdotes”.

… si bien no todos los sacerdotes eran profetas, [los profetas] debían de provenir a esa orden; ya que la orden sacerdotal era, por así decirlo, la cuna de los profetas.

Me encanta que habla del ministerio como “la cuna de los profetas”.  Eso nunca se enfatizó en mis clases de maestría del seminario, excepto en la clase del profesor de ética, Joe Trull (en ese entonces del New Orleans Baptist Theological Seminary). Calvino dice a continuación:

Mas cuando entre ellos prevalecía la falta de conocimiento y la ignorancia, Dios escogía sus profetas de otras tribus, y estos exponían y condenaban a los sacerdotes. Debían ser mensajeros de Dios y mantener la ley en sus labios para que la gente buscara instrucción de ellos como lo dice Malaquías (Malaquías 2:17). Pero como eran inútiles, Dios transfirió el honor del oficio profético a otros; pero Jeremías, como ya lo he mencionado, fue tanto profeta como sacerdote.

Me gusta lo que Os Guinness dice sobre el llamado del profeta:

… el profeta tiene un llamado especial a juzgar y desafiar al pueblo de Dios cuando ha olvidado o traicionado su llamado original.

Por lo cual Moisés confrontó al pueblo de Dios por el becerro de oro, Elías a los profetas de Baal, Jesús a los legalistas e hipócritas, Martín Lutero por la distorsión de la fe, y Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer por la idolatría del nacionalismo.

Estos juicios proféticos a menudo se hacían con indignación, pero no negaban el hecho de que a  quienes se acusaba habían sido elegidos. Por el contrario, el propósito del juicio profético era la restauración, no el rechazo. Los profetas tenían un llamado especial y su mensaje profético era un llamado a llevar al pueblo de Dios de regreso a su llamado original del cual se habían alejado.    

La iglesia pareciera tener una necesidad constante de reforma. A veces las cosas se salen de control, y se requiere un llamado profético radical, pero cada semana, como pueblo que nos reunimos a adorar necesitamos que se nos desafíe a fin de permitir que la obra reformadora de Dios se lleve a cabo en nuestras vidas. Necesitamos que nuestros pastores, nuestros sacerdotes/profetas lo hagan.

Felicito a los pastores/sacerdotes bautistas que toman el manto de profetas para confrontar el pecado del pueblo que viene ante ellos cada semana. Felicito especialmente a aquellos que confrontan a “sus” congregaciones con los pecados que atesoran; esas son las palabras proféticas que cada uno necesita oír.