El villano menos obvio en El infiltrado del KKKlan


El Ku Klux Klan claramente contradice las Escrituras al propugnar la supremacía blanca, pero ¿qué hay de aquellos que propagan el racismo no tanto de una manera abierta sino mediante acciones silenciosas?

El Infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman, en inglés) de Spike Lee contiene un poderoso mensaje para una iglesia que parece ser continuamente tentada a hacer un dios a su propia imagen.

Basada en una historia de la vida real, El Infiltrado del KKKlan trata de un oficial de la policía afroamericano llamado Ron Stallworth (John David Washington) que dirige una investigación del Ku Klux Klan de Colorado en 1979. Es fácil que el público vea la idolatría de los miembros del Klan, quienes justifican la supremacía blanca con la Biblia. La película comienza con una expresión clara de este odio: un discurso de propaganda dirigido a la cámara por el Dr. Kennebrew Beauregard (Alec Baldwin), que habla del daño que causaron al país Martin Luther King Jr. y los judíos. Las imágenes a blanco y negro demuestran la antiguedad de estas nociones racistas y su longevidad en la psique estadounidense. Cuando Beauregard olvida algunas de sus líneas, una mujer fuera de la escena se las dicta—una de las pocas ocasiones en la película donde Lee, como director, muestra la participación activa de mujeres blancas en la supremacía blanca.

Beauregard señala directamente a la Biblia para justificar sus palabras racistas. Más tarde, el Gran Mago del KKK, David Duke (Topher Grace), ora para que Dios le “dé hombres verdaderamente blancos”. Una y otra vez estos miembros del Klan usan el cristianismo para justificar su odio e intolerancia racial. Es una negación clara de las enseñanzas de la Biblia sobre el imago dei, la doctrina que afirma que todas las personas son creadas a la imagen de Dios.

Además de estos villanos, hay otro personaje que vale la pena considerar: Bridges (Robert John Burke), el jefe y supervisor de Stallworth, el cual tolera su presencia, pero incialmente solo le asigna tareas administrativas. Cuando Duke llega al pueblo, Bridges ordena seguridad para protegerlo, pero cuando el líder de los derechos civiles Kwame Ture (Corey Hawkins) visita el campus de una universidad cercana, Bridges lo considera un criminal. Puede que Bridges no le prenda fuego a cruz alguna, pero con el resto de sus acciones, él también perpetúa la imagen del hombre blanco como pináculo de la creación al ignorar lo que las Escrituras dicen sobre imago dei.

Bridges le pregunta a Stallworth en su entrevista de trabajo, el cual lo convertiría en el primer oficial afroamericano en Colorado Springs, cómo respondería si otro oficial le dijera una ofensa racial. Se da por hecho que hay policías en Colorado Springs que son racistas, pero en lugar de reconocer su racismo, Bridges le confiere la responsabilidad a Stallworth de que controle su reacción.

Sería fácil para la mayoría de los cristianos negar con la cabeza y llamar a la intolerancia del Klan lo que es: hipocresía y herejía; más difícil es el autoexamen de las formas en las que, como Bridge, podríamos actuar como si las Escrituras no tuvieran nada que decir de nuestra complicidad con el sistema que refuerza la superioridad de la raza blanca.

Hemos simplificado el evangelio a solo creencias correctas, y hemos desechado las expectativas hacia las acciones correctas; al hacerlo, nos hemos comprometido—en palabras de Martin Luther King—a “una religión sobrenatural que hace una distinción extraña entre el cuerpo y el alma…”.

Puede que el jefe Bridges no le haya prendido fuego a cruz alguna pero con el resto de sus acciones él también perpetúa la supremacía blanca.

Esta tendencia no es algo nuevo para la iglesia o el cristianismo, ya que a los primeros cristianos a menudo les era difícil alinear su creencia en Dios con sus acciones. Aún Pedro no fue inmune a comportamientos racistas. Después de comer regularmente con cristianos gentiles en Antioquía, repentinamente dejó de hacerlo cuando un grupo de judíos que se oponían a esa práctica llegó. Cuando Pablo supo de esto, confrontó a Pedro por predicar un evangelio que reconcilia a judíos y gentiles, pero vivir de una manera que creaba división y hacía tropezar a otros. Pablo condenó la intolerancia aun cuando esto significaba oponerse a alguien tan respetado como Pedro, declarando que no estaba “actuando de acuerdo a la verdad del evangelio”. A Pablo no solo le importaban las almas de las personas, sino también sus cuerpos; entendía que las malas acciones pueden servir como malas enseñanzas.

Hoy día muchos cristianos entienden y reconocen que la supremacía blanca es inconsistente con el evangelio, pero ¿son evidencia sus acciones –o las acciones que ellos condonan—de este entendimiento? Cuando el evangelio se divorcia de sus implicaciones éticas, negamos su poder verdadero mediante nuestra conducta.

La película El infiltrado del KKKlan nos recuerda que la supremacía blanca continúa usando al cristianismo como una herramienta de odio. La película conecta la “vieja retórica de Beauregard con los hechos actuales de los grupos nacionalistas blancos al terminar con escenas reales de la manifestación del 2017 en Charlottesville, la cual terminó en violencia y muerte.  

¿Dónde está la voz de la iglesia?  A menudo los cristianos que hablan son despedidos o demonizados por otros creyentes. Si la iglesia permanece en silencio y permite esta herejía, no solo estamos diciendo que el evangelio no tiene relevancia al respecto de esta área de nuestras vidas, sino que aún si lo hace, no nos importa vivir de acuerdo a ello.

No podemos decir que honramos la imagen de Dios en nuestro prójimo si explícita o implícitamente propagamos la supremacía blanca. Debemos, como Pablo, oponernos a este mal no solo con nuestras palabras, sino con nuestras acciones.

Siguiendo el consejo de Pablo en Corintios, derribemos toda fortaleza—incluyendo nociones heréticas de superioridad nacional, raciales y étnicas—que se oponga a la palabra de Dios. No derribamos fortalezas ignorándolas, sino oponiéndonos a ellas en amor, con gracia y verdad.

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