LA EPIDEMIA DE OPIOIDES DEJA UN REGUERO DE DOLOR


Una hermosa y joven mujer llamada Rhonda obtiene el trabajo de sus sueños. Una importante aerolínea le avisa que ha sido aceptada como aeromoza, y ella sale a celebrar, como cualquiera lo haría en esas circunstancias.

Su sueño se convirtió en pesadilla una noche de 1987. Un accidente automovilístico le provocó a Rhonda fracturas en la columna vertebral y las costillas, y casi le hace perder su pie derecho. “Su pie fue literalmente reimplantado”, dijo su hermana Kathy. “Se encogió de talla y se convirtió en número 3, cuando su otro pie era número 5.

Rhonda no podría haberlo sabido entonces, pero estaba a punto de comenzar un período de su vida en el que tendría que soportar dolores severos y crónicos; el tipo de dolores que no desaparece, que afecta todo lo que uno quiere hacer, que gime por atención y demanda alivio.

“Ella despertaba con el diablo martirizándola de dolor cada mañana”, me escribió Kathy en un correo electrónico.

Los resultados: Rhonda se convirtió en una de las primeras víctimas de la epidemia de opioides.

De acuerdo a un reporte de noticias de la cadena NBC News, el presidente Trump “apoyó con todo el poder emanado de la Casa Blanca los esfuerzos contra la crisis de opioides” el 10 de agosto, y “la declaró emergencia nacional”.

“La crisis de opioides es una emergencia, y lo digo oficialmente ahora mismo, se trata de una emergencia”, afirmó Trump en Nueva Jersey. “Es una emergencia nacional.  Vamos a invertir mucho tiempo, muchos esfuerzos y mucho dinero en la crisis de opioides”.

La historia de Rhonda es parte de una historia más amplia a nivel nacional. Le tomo años recuperarse de las cirugías iniciales, dijo su hermana, y a lo largo de este doloroso viaje personal, Rhonda enfrentó una variedad de desafíos, entre los que se incluye el hostigamiento de algunas personas que la veían utilizar un espacio de estacionamiento para minusválidos.

Rhonda se convirtió en madre. Se puso a trabajar. “Se veía hermosa y aparentaba ser una persona normal, pero no podía caminar largas distancias”, afirmó Kathy.

“Ella trató por todos los medios de controlar su dolor físico. El Departamento de Servicios Humanos de Texas solía proporcionarle hidrocodona en cantidades propias de Texas, es decir, mayúsculas, en frascos de 100 píldoras, antes de que la comunidad médica se diera cuenta de lo altamente adictiva que era.

Kathy me dio una rápida introducción sobre la manera en que funcionan los opioides, a fin de explicarme lo que le ocurrió a su hermana.

“Los opioides destruyen el sistema respiratorio. Rhonda no murió a causa de una sobredosis; tan solo fue que su capacidad de respirar se apagó en general. Casi se muere en enero del 2005, pero afortunadamente mi madre estaba ahí y se dio cuenta de que estaba muy angustiada. La ambulancia llegó y la revivieron. Un mes más tarde falleció. Su autopsia no mostró señales de una ‘sobredosis’ de droga alguna”.

Solo aquellos que han transitado por estas veredas de dolor pueden entenderlo cabalmente. En el 2009, Kathy comprendió de pronto el dolor que había experimentado anteriormente su hermana. “Solo después de que me rompí el tobillo en el 2009 me di cuenta del mucho dolor que Rhonda tenía que soportar”.

El dolor de Kathy la llevó a maravillarse aún más de la fortaleza y resiliencia de su hermana. “Rhonda era dulce, graciosa y considerada, aun en medio de su dolor y su adicción. Y con todo, llegó a tener un bebé. Al ver hacia atrás y considerar sus muchas luchas, veo que en verdad era muy valiente. La amo y la extraño mucho”.

Kathy, en una entrada en su Facebook, animó a sus amigos a compartir esta historia, y me dio permiso a mí de escribir sobre ella e incluso me proporcionó más información por correo electrónico.

“Por favor comparta esto con alguien que usted conozca que viva con dolencias crónicas todos los días de su vida”, escribió Kathy. “Hágales saber que usted SABE que la lucha es una realidad”.

La entrada en Facebook provocó un derroche de amor y preocupación de parte de los amigos de Kathy. Una de ellas habló de sus propias luchas.

“Es muy duro vivir con dolor crónico. Tomo hidrocodina para el dolor intenso, y 1900 mg de Tylenol para el dolor normal. Y tengo que hacerlo todos los días. [Mi esposo] dice que lloro en mis sueños cuando el dolor es muy severo. Soy muy cuidadosa con las medicinas para el dolor, pero son parte de mi vida. Conozco personas que viven con un dolor más intenso que el mío”.

Y luego añade un comentario interesante: “No juzgo a nadie”. Sus palabras ponen de relieve una dura realidad. Algunas personas emiten juicios negativos sobre aquellos que toman medicinas para lidiar con el dolor crónico. Esta dureza de corazón es en verdad difícil de comprender.

Esta mujer, experta en sufrir grandes dolores, dice algo aún más interesante: “Las medicinas no eliminan el dolor; tan solo lo hacen soportable. Las muertes por causa de los opioides están en su nivel más alto, pero hay personas que las necesitan”.

Pam, otra mujer que participó en el diálogo por Facebook, le dio las gracias a Kathy por compartir la historia de su hermana Rhonda.

“Padezco de dolor crónico a causa de un accidente en 1992. He vivido con opioides desde ese día. Hace dos años comencé a tener problemas respiratorios. Ni uno solo de mis doctores mencionó la posibilidad de que pudiera ser un efecto secundario de los opioides. Gracias por la información. Le voy a preguntar sobre esto a mi doctor la próxima vez que lo vea. ¡El dolor crónico es una realidad! Debe tratársele de forma agresiva. Los doctores recetan estos medicamentos a sabiendas de los efectos secundarios que producen, y sin embargo no nos dan otra opción.  En mi caso, soy alérgica a cualquier otro producto que deseen prescribirme, pero quizá existe ya algo que pueda servir como sustituto”.

Estas tres mujeres me han abierto los ojos al respecto del contexto más amplio dentro del cual tiene lugar la crisis de opioides actual. En pocas palabras, hay muchísima gente que conocemos, y otra que no, que necesita que prestemos atención y las ayudemos.

Estas mujeres han hecho sentir su voz, y su voz constituye una especie de memorial en honor a quien se fue primero que ellas: Rhonda, la víctima de esta epidemia.

Kathy ha experimentado la gracia y el perdón de Dios en algunas de sus luchas, pero “el dolor crónico de Rhonda y los opioides le habían impedido sentir la gracia de Dios”.

Para decirlo de forma más amplia, algunas veces las circunstancias de la vida dificultan que apreciemos completamente y aceptemos la gracia y el perdón de Dios. A algunos los dolores y quebrantos de la vida los hacen volverse a Dios; a otros el dolor que experimentan se les convierte en obstáculo. Además, los opioides dificultan que la gente piense con claridad. Necesitamos tener esto en mente cuando intentamos ayudar a otras personas atrapadas en adicciones.

Kathy reportó que unos cuantos meses antes de morir, Rhonda había comenzado a leer La vida con propósito del pastor californiano Rick Warren. “Sé que eso cambió su actitud y su perspectiva”. Kathy añadió que el libro “le dio esperanza”, a pesar de que su cuerpo estaba ya agotado.

Jesús dijo, en una de sus famosas historias, que la manera en que tratamos a “los enfermos” es lo que revela si estamos en buenos términos con Dios (Mateo 25). Jesús dijo que cuando cuidamos a los enfermos, estamos cuidando a Dios mismo. La gente con dolencias crónicas se encuentran entre los “enfermos” entre nosotros que necesitan de cuidados.

Rhoda no se convirtió en la aeromoza de sus sueños, pero puede ayudarnos a encontrar el camino a alcanzar los nuestros. Y nosotros podemos ayudar a muchos otros que luchan contra el dolor y la adicción a los opioides.