LA VIDA RURAL Y EL GRAN MANDAMIENTO


Por Chris McLain

No puedo hablar en nombre de quienes viven en un contexto urbano, pero en Crowell importa si eres nativo o si fuiste trasplantado de algún otro lugar.

Permítame explicar. No es que las personas que se mudan a nuestra comunidad sean menos importantes o amadas que las de la comunidad, pero su experiencia de la vida en ciudades pequeñas es definitivamente diferente. Muchas de las personas que crecieron aquí tiene familias extendidas grandes y varias generaciones viven cerca, lo que articula un amplio sistema de apoyo y una comunidad de relaciones el año entero (la conveniencia de evitarse el tráfico durante los días festivos también es una gran ventaja).

Es común que las personas “recién llegadas a Crowell” se sientan solas en Crowell debido a que los miembros de nuestra comunidad ya todos se conocen, y es común que los recién llegados tengan dificultad en hacer nuevas amistades ya que los “viejos residentes” ya tienen grupos de apoyo de familiares y amigos.

Eso quiere decir que es muy importante que los residentes establecidos de Crowell sean buenos vecinos y, como pastor, creo que los cristianos son especialmente llamados y poseen el don para satisfacer esa necesidad.

Las Escrituras van más allá de esto; es un mandato. Recuerde el mandamiento ‘doble’ de Jesús de amar a Dios y al prójimo. Jesús hacía referencia a dos pasajes del Antiguo Testamento, de manera que esto es algo con lo que Dios ya lidiaba con la raza humana.

La primera parte del mandamiento tiene su raíz en Deuteronomio 6:5: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (NVI).

Luego, Jesús explica la segunda mitad, mencionando Levítico 19:18: “ama a tu prójimo como a ti mismo” (NVI). Me parece irónico que esta segunda mitad del mandamiento más importante de Jesús, “amar al prójimo como a sí mismo”, salga del libro más malinterpretado de toda la Escritura. Es del aburrido libro de Levítico que Jesús cita en su respuesta a la pregunta de los fariseos, y los viejos insoportables como ellos probablemente apreciaron el hecho.

Pero quizá Jesús ha visto con perspicacia algo en Levítico 19, porque estoy más del lado de lo que ocurre antes del versículo 18. Por una parte, contiene algo de lo “más populares éxitos” de los Diez Mandamientos, pero Levítico 19 también es el pasaje clave en la sección del “Código Sagrado” de Levítico, y lo que lo hace revolucionario es que Dios explícitamente conecta su imagen y su santidad con una conducta hospitalaria de Israel, el pueblo escogido

Dios manda, “Sean santos porque yo, el Señor tu Dios, soy santo”, y de acuerdo a Levítico, la clase de santidad de Dios no se obtiene solo con adorarle y ofrecer el sacrificio apropiado, sino que incluye una serie de instrucciones sobre cómo tratar a nuestro prójimo, tanto a nativos como a extranjeros.

Las iglesias no solo sirven como lugares de adoración, sino también como centros comunitarios en los que los jubilados pueden disfrutar la interacción social, donde los niños y estudiantes se entretienen en el verano, y donde las familias jóvenes pueden encontrar tíos y abuelos adoptivos para sus hijos, y no se diga la celebración de bodas y nacimientos, y donde se encuentra alivio en tiempos difíciles y de luto.

Toda esta hospitalidad tiene el efecto acumulativo no solo de honrar el mandato de Cristo sino también de disfrutar de aquellos que han sido creados a su imagen, lo cual es algo que tanto nativos como extranjeros tienen en común. La hospitalidad, la santidad, es la manera en que los cristianos viven distintivamente a fin de que el pueblo de Dios sea diferente del resto del mundo, y ofrece una manera de testificar visiblemente a ese mismo mundo.

El libro de Levítico ayudó a que los israelitas mantuvieran la perspectiva y creo que nos puede ayudar también en pueblos como Crowell donde los vecinos ‘nuevos’ y ‘viejos’ se conectan y son el prójimo el uno del otro.